Cada 14 de febrero recuerdo como si fuese ayer, el día que nos conocimos.

Eran los últimos días del mes de Noviembre, cuando con la ilusión y el esfuerzo que supone haber cumplido un sueño, levantaba por primera vez al público la persiana de mi tienda de animales.

Encendí las luces y miré emocionada el pequeño local. Lo crucé deprisa y me coloqué detrás del mostrador de madera, lo había puesto encima de una tarima de césped y daba un tono desenfadado y alegre a la sala.
Todo estaba minuciosamente colocado en su lugar; cada saco, cada lata, cada accesorio y cada uno de los libros especializados, estaban puestos, por secciones, tamaños y precios... Nada había quedado al azar.

Y tampoco me había olvidado de que faltaba algo esencial, pero era el día de la inauguración, y el tema pendiente era algo complicado, así que pensé
- Ya lo haré mañana-

En mi tienda de animales, podían adquirirse accesorios de todo tipo, incluso aquellos, de los que siempre me reía y que como propietaria de animales nunca hubiese utilizado; pero no tenía cachorros!!!

Así que, cuando por segundo día levantaba la persiana, tenía el propósito de encontrar algún criador que me dejase cachorros en depósito. Es decir, mi propuesta sería que yo pagaría el precio pactado por el animal una vez le hubiese encontrado propietario. Era consciente de que no sería fácil negociarlo.

Cogí una revista de compra-venta de todo tipo de artículos y busque rápidamente la sección de animales, entre cientos anuncios uno llamó especialmente mi atención,
“Cachorros todas razas. Nacionales e importación”

Con tanto cachorro, -Pensé - no me será difícil convencerlos.

Me equivocaba, tenía tanta prisa por cumplir mi objetivo, que no había reparado en que, con el mismo número de teléfono se anunciaban cachorros hijos de reconocidos sementales. Pero hice la llamada que cambió mi vida

Marqué el número de teléfono que indicaba el anuncio, esperé varios tonos, y varios tonos más, y otros más... hasta que saltó la llamada. Nadie respondió. Más tarde volvería a llamar, porque si hay algo que me caracteriza, es mi insistencia cuando me propongo conseguir algo. Esta vez si, descolgaron el teléfono y al otro lado de la línea sonó una voz tan segura y masculina, que hizo que sonaran temblorosas mis primeras palabras.

-Hola buenos días, el motivo de mi llamada, es que acabo de abrir una tienda de animales, tengo muy poca experiencia, pero muchas ganas e ilusión y quería proponerles la posibilidad de contar con sus cachorros en depósito.

Su tono de voz se torno duro: -Creo tienes poca información respecto a los perros que tenemos, nunca uno de ellos pisara una tienda! Y argumento su rotunda afirmación con unas cuantas lindezas sobre la profesionalidad de los comercios en los que se venden animales de dudosa procedencia.
-Mi tienda no será nunca una de esas!! Deberías venir a verla.
Además, vosotros ofrecéis perros de importación, que tienen un alto índice de enfermedades y mortalidad en cachorros
. Repliqué casi de carrerilla y con un notorio tono de pataleta.

-Esas estadísticas las hacen otros, nuestros perros están sometidos a los más estrictos controles sanitarios y veterinarios y cumplen escrupulosamente las cuarentenas en la clinica de nuestras propias instalaciones. Puedes comprobarlo cuando quieras.

Más tarde supe que sus últimas palabras no eran una invitación, sino un elegante punto y final a la comunicación telefónica.

Yo preferí tomármelas al pie de la letra. Y así, el domingo, desde una cabina telefónica volvía a realizar una llamada, después de haber recorrido en autocar de línea los 50 Km. que separaban nuestras poblaciones.

-Hola, buenos días, soy la chica de la tienda de animales. ¿Me recuerdas? Quedamos en que vendría. ¿Quieres venir a buscarme?

Titubeo, unos instantes, pero tras unos largos minutos detenía su ranchera delante de la cabina en la que yo esperaba.

Era un hombre de unos treinta y tantos, muy atractivo, y con una llamativa y pluscuamperfecta sonrisa.

Sus primeras palabras rompieron el hielo. - Ja, Ja, menuda sorpresa nunca pensé que vinieras.

Bastaba una primera impresión para darse cuenta de que aquellas instalaciones no tenían nada que ver con la idea que tenemos de un criadero. Contaba con amplias zonas ajardinadas, parques para cachorros, un campo de adiestramiento próximo a la espaciosa zona destinada a los perros adultos. Al fondo, entre una frondosa arboleda un gran chalet en avanzada fase de
construcción.

En la entrada aguardaba un hombre mayor, extranjero, de rasgos físicos indudablemente nórdicos, que antes de saludarme, me indicó que para acceder al interior de las instalaciones, debía cumplir unos mínimos requisitos de desinfección. Una vez dentro las presentaciones; era el suizo el propietario del criadero y mi interlocutor telefónico estaba en calidad de asesor, ya que contaba con amplios conocimientos en materia de adiestramiento y comportamiento caninos y un reconocido bagaje en el mundo de las exposiciones de belleza. Tenía además, un don especial para adivinar en un cachorro, las virtudes para ser un futuro campeón, y una gran
facilidad para potenciadas.

Tras una rápida visita al resto del recinto y el pabellón de clínica y cuarentena, viví una de las experiencias más intensas de mi vida.

Tuve el privilegio de conocer y tocar a algunos de los mejores ejemplares de perros de varias razas. Para un apasionado del mundo canino, podría ser comparable a que un amante del motor pueda presenciar una jornada de fórmula 1 desde los boxes de su escudería favorita, o desde bastidores un concierto del grupo por el que suspiras toda tu vida.

Cada uno de aquellos bellísimos animales, contaba en su pedigrí con un inacabable palmarés de títulos y premios y una genealogía tan estudiada, que los convertía en la perfección del estándar de su raza.

Me cautivó especialmente un joven ejemplar de bullmastif, de poderosa cabeza y cuerpo atlético y musculado, que a sus tres años, era campeón internacional, campeón de España y de Dinamarca
Mi sentido común había descartado, ya hacia rato, volver a abordar el tema del depósito de los cachorros, por lo que no dude en aceptar la propuesta de ofrecer a mis clientes una gama de productos de nutrición animal, de los que ellos tenían la representación en exclusividad.
El pienso para perros fue la excusa perfecta, utilizándolo como argumento, y alegando siempre fines comerciales, en los meses siguientes a aquel primer encuentro, nos vimos varias veces, y hablábamos a diario.

Era un dia de febrero, cuando sin previo aviso, él apareció sonriendo en la puerta de la tienda con un cachorro de Westie en los brazos.
El animalito había venido desde la República Checa por encargo de una señora, que al final decidió no comprarlo. No sería un campeón, pero era
precioso y el veterinario certifico que estaba muy, muy sano. El pequeño tuvo suerte, lo compro una parejita de recién casados, el mismo dia de los enamorados. Yo no cabía en mí de gozo y le llamé para comunicárselo. Todavia hoy me pregunto como me atreví a invitarle a salir para celebrarlo, la culpa debió tenerla el descaro de mis veintitrés años. Cenamos, brindamos por el cachorro, por nosotros, y entré tanto chin-chin nos declaramos.

El mes siguiente lo viví como un una burbuja. No tengo de aquellos días ni un solo recuerdo en el que no aparezca él, y cada momento me ha quedado grabado como si cada imagen, como si cada palabra hubiese sido transcrita literalmente en un diario.

La vida en la burbuja duró poco. La empresa de Seguridad a la que el representaba, contaba ya con oficinas en varias ciudades de nuestra geografía y había decidido ampliar mercado en Cataluña; el debía llevar a cabo el proyecto de la delegación de Tarragona.

Mi corazón aprovechó el estado de letargo temporal en que se encontraba mi cordura, y por primera vez en mi vida, tomé una decisión sin que todos los pros y los contras estuviesen profundamente valorados. Lo dejé todo y me marché con el a Tarragona.

No puedo decir que ha sido fácil, pero si que todos los esfuerzos han sido con creces recompensados


El timbre del teléfono, interrumpe mi relato; estoy utilizando mi momento de escaqueo laboral para acabarlo

La pantalla del teléfono me indica que es el jefe y descuelgo el aparato.
Al otro lado de la linea:

-Hola Maite, soy yo, Alfred

Ya han pasado 16 años, y su voz sigue sonando tan segura y masculina, como aquel día en que
tuve la fortuna de marcar los 9 números que unirían nuestras vidas para siempre...
2 Responses
  1. cloti Says:

    Esta historia me suena..., mejor dicho, me sigue sonando muy bien.
    Bss
    Cloti


  2. maite Says:

    Ja Ja, porque sera??
    Gracias al destino, vivi esta historia tan bonita, y gracias a ti y a tus concursos me vi empujada a escribirla.
    Un besito